Crónica de un callejón centenario en el corazón del viejo mercado de Barranquilla
"Alístate", me decía
mi mamá, "que tenemos que hacer unas compras en Pica Pica". Para
quienes crecimos en el sur de Barranquilla, esa frase era casi un ritual.
Significaba bajar por la calle de las Vacas —la Calle San Roque, hoy Calle 30—
rumbo al viejo mercado de Curramba, con parada obligada en el supermercado
Robertico y, más adelante, en ese hervidero de ventas ambulantes y compradores
ansiosos llamado Pica Pica.
Con ese nombre coloquial, tan
nuestro, tan de esquina, se identifica un callejón de apenas dos cuadras que
hoy cumple cien años de existencia. Corresponde a la actual Carrera 41B, entre
la calle de la Cruz (29) y la calle San Roque (30), justo al lado de los
antiguos predios del primer Mercado Público de Barranquilla. Dicen que el apodo
nació a principios del siglo XX por la aglomeración, el bullicio, el comercio
apretado y esa fricción constante entre transeúntes y vendedores en un espacio
tan angosto que ni el aire cabía bien.
Un boxeo de radios de andén
a andén
Hubo desórdenes, hubo heridos.
Y hay una imagen que se me quedó grabada para siempre: aquel diamante de mujer,
con su nombre de ópera célebre y su alma de celofán, que caminaba por ahí como
si el callejón le perteneciera. Algo de todo eso queda todavía. La Pica-Pica
está aprendiendo a maquillarse con las últimas novedades de los salones de
belleza que hoy se asoman entre sus locales. Atenuado, pero su hervor existe. Y
tiene un orgullo que pocas cuadras de Barranquilla pueden exhibir con
pergaminos tan auténticos como los suyos.
Su trabajo, su industria, sus
colmenas laboriosas y sus personajes típicos son la verdadera arquitectura de
Pica Pica. Yunque y horno a la vez, esta breve carrera contiene, alimenta y
cuida hasta cuatro librerías, algo insólito para dos cuadras de esta
naturaleza. En sus esquinas conviven almacenes de variedades, una venta calientita
y olorosa a pescado frito, dos agencias de lotería, una barbería que lleva ahí
toda la vida, y hasta el oficio casi extinto de la recomposición y enmendadura
de sombreros.
Preguntar en qué calle o en
qué carrera de Barranquilla se concentra semejante ebullición es preguntar, en
realidad, por la memoria misma de la ciudad. Porque Pica Pica no es solo un
lugar de paso: es el termómetro de un barrio entero, el eco de lo que fue el
mercado público cuando todavía era el corazón comercial de Curramba.
Lo que queda hoy
Hoy, sin embargo, la
conversación cambia de tono. Lo que antes era bullicio y ebullición es, en
buena parte, nostalgia y desazón. El abandono se nota en las fachadas, en los
locales cerrados, en el silencio que reemplazó a los loros y las radios. No hay
mucho más que hacer que presentarla tal como está: un callejón centenario que
sigue de pie, maquillándose como puede, tratando de sobrevivir a un futuro
incierto.
Pica Pica ya no es solo el
lugar donde mi mamá me mandaba a hacer mandados. Es un testigo de cien años de
Barranquilla, apretado en dos cuadras, esperando que alguien —quizás la misma
ciudad que lo hizo famoso— decida que todavía vale la pena rescatarlo.
¿Conoces alguna historia, anécdota o recuerdo de Pica
Pica o del viejo mercado de Barranquilla? Cuéntame en los comentarios.
FUENTE: GOOGLE IA. IMAGENES CHATGPT