viernes, 7 de agosto de 2026

PICA PICA: LA MEMORIA QUE RESISTE EN DOS CUADRAS

Crónica de un callejón centenario en el corazón del viejo mercado de Barranquilla

"Alístate", me decía mi mamá, "que tenemos que hacer unas compras en Pica Pica". Para quienes crecimos en el sur de Barranquilla, esa frase era casi un ritual. Significaba bajar por la calle de las Vacas —la Calle San Roque, hoy Calle 30— rumbo al viejo mercado de Curramba, con parada obligada en el supermercado Robertico y, más adelante, en ese hervidero de ventas ambulantes y compradores ansiosos llamado Pica Pica.

Con ese nombre coloquial, tan nuestro, tan de esquina, se identifica un callejón de apenas dos cuadras que hoy cumple cien años de existencia. Corresponde a la actual Carrera 41B, entre la calle de la Cruz (29) y la calle San Roque (30), justo al lado de los antiguos predios del primer Mercado Público de Barranquilla. Dicen que el apodo nació a principios del siglo XX por la aglomeración, el bullicio, el comercio apretado y esa fricción constante entre transeúntes y vendedores en un espacio tan angosto que ni el aire cabía bien.

Un boxeo de radios de andén a andén

Hasta hace apenas uno o dos años, estas dos cuadras —que arrancan en el almacén de variedades El Faro y terminan, al desembocar en el caño, en la refresquería de Néstor Acosta— eran otra cosa. Un boxeo de radios de andén a andén. Una vocinglería atropellante de escuadrillas de loros. Un desfile de ebriedades zigzagueantes donde, para las mujeres, el riesgo era el pellizco, y para los hombres, el botellazo.

Hubo desórdenes, hubo heridos. Y hay una imagen que se me quedó grabada para siempre: aquel diamante de mujer, con su nombre de ópera célebre y su alma de celofán, que caminaba por ahí como si el callejón le perteneciera. Algo de todo eso queda todavía. La Pica-Pica está aprendiendo a maquillarse con las últimas novedades de los salones de belleza que hoy se asoman entre sus locales. Atenuado, pero su hervor existe. Y tiene un orgullo que pocas cuadras de Barranquilla pueden exhibir con pergaminos tan auténticos como los suyos.

Yunque, horno, colmena

Su trabajo, su industria, sus colmenas laboriosas y sus personajes típicos son la verdadera arquitectura de Pica Pica. Yunque y horno a la vez, esta breve carrera contiene, alimenta y cuida hasta cuatro librerías, algo insólito para dos cuadras de esta naturaleza. En sus esquinas conviven almacenes de variedades, una venta calientita y olorosa a pescado frito, dos agencias de lotería, una barbería que lleva ahí toda la vida, y hasta el oficio casi extinto de la recomposición y enmendadura de sombreros.

Preguntar en qué calle o en qué carrera de Barranquilla se concentra semejante ebullición es preguntar, en realidad, por la memoria misma de la ciudad. Porque Pica Pica no es solo un lugar de paso: es el termómetro de un barrio entero, el eco de lo que fue el mercado público cuando todavía era el corazón comercial de Curramba.

Lo que queda hoy

Hoy, sin embargo, la conversación cambia de tono. Lo que antes era bullicio y ebullición es, en buena parte, nostalgia y desazón. El abandono se nota en las fachadas, en los locales cerrados, en el silencio que reemplazó a los loros y las radios. No hay mucho más que hacer que presentarla tal como está: un callejón centenario que sigue de pie, maquillándose como puede, tratando de sobrevivir a un futuro incierto.

Pica Pica ya no es solo el lugar donde mi mamá me mandaba a hacer mandados. Es un testigo de cien años de Barranquilla, apretado en dos cuadras, esperando que alguien —quizás la misma ciudad que lo hizo famoso— decida que todavía vale la pena rescatarlo.

¿Conoces alguna historia, anécdota o recuerdo de Pica Pica o del viejo mercado de Barranquilla? Cuéntame en los comentarios.

FUENTE: GOOGLE IA. IMAGENES CHATGPT