martes, 22 de septiembre de 2026

Torre Manzur: la memoria de concreto que Barranquilla no termina de aceptar

En el remate norte del paseo Bolívar, donde antes se alzaba el viejo edificio Palma —demolido en 1954—, se levanta desde 1965 una de las construcciones más discutidas de Barranquilla, ubicado en la carrera 45 # 33-10, al frente vigilante el libertador Simón Bolívar lo custodia. Hoy la conocemos como Torre Manzur, nombre que recibió en 2012, pero durante casi medio siglo fue simplemente "el edificio de la Caja Agraria": la sede que la entidad crediticia se hizo construir e inauguró el 15 de septiembre de 1968, en un cruce de líneas racionalistas y brutalistas que no dejó indiferente a nadie.

Su historia empieza, en realidad, antes de que se pusiera el primer ladrillo. La Caja de Crédito Agrario encargó el proyecto al arquitecto Fernando Martínez Sanabria, uno de los nombres mayores de la arquitectura moderna colombiana, formado en la Universidad Nacional y autor, a lo largo de su carrera, de cerca de dos centenares de proyectos entre obra institucional y vivienda. El diseño para Barranquilla le valió el Premio Nacional de Arquitectura en 1961, cuatro años antes de que la construcción siquiera comenzara.

Un edificio pensado para el Caribe, no a pesar de él

Lo que distingue a esta torre de tantos edificios "modernos" trasplantados sin criterio a nuestras ciudades es que Martínez Sanabria no ignoró el clima: lo convirtió en el argumento central del diseño. Debía aprovechar un solar delimitado por distintas calles y por la cercanía del río Magdalena, y al mismo tiempo responder al calor de la región. La solución fue una planta en forma de L, orientando las oficinas principales hacia el sur y el este para protegerlas del sol de la tarde, y sobre todo unos voladizos de concreto que envuelven cada planta como aleros gigantes. Esos voladizos, pensados como parasoles, se inspiraron directamente en los toldos tradicionales de nuestras calles —el mismo recurso que cualquier barranquillero reconoce en las fachadas del centro— traducido a hormigón armado y elevado a categoría de arquitectura de vanguardia.

Ese cuidado por la luz y el clima se prolonga hacia adentro. En el segundo piso hay un tragaluz notable que baña de luz natural el nivel inferior, una solución tan funcional como bella, y una de las escaleras interiores más elegantes de toda la ciudad, digna de recorrerse con calma por cualquiera que entre al edificio.

El mural que casi nadie ve

Puertas adentro hay otra sorpresa que pocos barranquilleros conocen: un fresco de Alejandro Obregón, pintado en 1967 —el mismo año en que el edificio se terminaba de levantar—, que cubre cinco pisos de altura y que lleva por título, apropiadamente, "Caja Agraria". Se suma así a otras piezas monumentales que el maestro dejó regadas por la ciudad, como la "Simbología de Barranquilla" en el edificio de la Aduana o el mosaico "Tierra, Mar y Aire" en el edificio Mezrahi, todas ellas parten de ese legado que hoy se intenta rescatar a través de iniciativas como la Ruta Obregón. Que una obra de semejante escala permanezca prácticamente desconocida, encerrada dentro de un edificio con el que la ciudad tiene una relación tan ambivalente, resume bien la paradoja de esta torre.

Un monumento que nadie quiere tener como vecino

La paradoja arquitectónica es que su valor nunca se tradujo en cariño popular. Desde que se construyó ha estado en el centro de una discusión sobre si debía existir siquiera en ese lugar, por ocupar el remate del paseo Bolívar hacia el norte. A comienzos de los años 2000 la polémica llegó a su punto más álgido, cuando se planteó demolerlo para prolongar el paseo hasta el cruce de la carrera 46 con la calle 30 y la Vía 40.

La respuesta institucional llegó en 1995, cuando el Ministerio de Cultura lo declaró Monumento Nacional mediante el Decreto 1802, en reconocimiento a que se trata de un ejemplo de la arquitectura moderna de la segunda mitad del siglo XX y obra insigne de Fernando Martínez Sanabria, concebida en diálogo con el paseo Bolívar y con el río Magdalena. Esa declaratoria debía garantizar tres cosas: que nunca fuera demolido, que se conservara en buen estado y que tuviera un uso al servicio de la comunidad. Sin embargo, durante años el contraste entre el estatus legal y la realidad física fue evidente: mientras el papel lo protegía como patrimonio, distintas administraciones locales insistieron públicamente en pedir su demolición, y el inmueble llegó a estar prácticamente abandonado.

De sede bancaria a Torre Manzur

La Caja Agraria como entidad no sobrevivió a la crisis financiera del campo colombiano de los años ochenta: en 1999 fue liquidada y dio paso al Banco Agrario de Colombia. El edificio de Barranquilla, huérfano de su razón de ser original, entró en una etapa de incertidumbre que se prolongó más de una década, hasta que en 2012 resurgió bajo el nombre de Torre Manzur. Hoy, dentro de sus muros de concreto y bajo la mirada del fresco de Obregón, funciona la seccional Atlántico de la Fiscalía General de la Nación, que le devolvió al edificio un uso institucional de primer orden, aunque no necesariamente el reconocimiento público que su arquitectura merece.

Sesenta años después de que Fernando Martínez Sanabria ganara el Premio Nacional de Arquitectura por este proyecto, la torre sigue siendo, a la vez, uno de los edificios más reconocidos de la arquitectura moderna colombiana en el Caribe y uno de los más resistidos por su propia ciudad. Tal vez ahí esté la lección más interesante que deja: que el valor arquitectónico y el afecto popular no siempre caminan de la mano, y que Barranquilla —tan orgullosa de reinventarse con el Gran Malecón y con la recuperación de su Centro Histórico— todavía no ha decidido qué lugar quiere darle, en su memoria y en su paisaje, a esta pieza de concreto que lleva más de sesenta años mirando al río, guardando entre sus pisos un mural, una escalera y un tragaluz que pocos se han detenido a admirar.

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