A 44 años de aquellos hechos, la memoria nos devuelve a una universidad
privada que, fiel a su espíritu liberal inspirado en el ideario del Benjamín Herrera, se convirtió en escenario de
una de las más significativas luchas estudiantiles de su historia. En la Universidad Libre Seccional Barranquilla, la
huelga de hambre de 1982 no solo fue una respuesta a decisiones
administrativas, sino una expresión profunda de resistencia, dignidad y defensa
de la educación como derecho. Aquellos días dejaron una huella imborrable que
trasciende el tiempo, recordándonos que incluso en espacios privados pueden
germinar causas colectivas capaces de cuestionar el poder y reivindicar los
principios de libertad, justicia y pensamiento crítico que dieron origen a la
institución.
Los hechos…
En el viejo centro de la 46, donde la vida
universitaria hervía entre libros, sueños y debates, la calma se rompió de
golpe. En la Universidad Libre Seccional Barranquilla no solo se estudiaba
Medicina o Derecho… también se aprendía a resistir.
Todo comenzó con algo que parecía administrativo, casi lejano: el aumento de los costos académicos impuesto desde Bogotá por la consiliatura. Pero lo que en los escritorios se firmaba con tinta, en Barranquilla se sentía como una carga insoportable. La inconformidad fue creciendo, alimentada también por decisiones locales que terminaron por encender la chispa. Nombres como Saúl Beleño (presidente del Consejo Consultivo Seccional) y Miguel Salomón Calvano (Sindico) quedaron ligados a ese momento en que la tensión se volvió inevitable.
Entonces estalló la protesta.
Entre esos nombres quedaron grabados varios rostros que aún resuenan en la memoria: Diego Aparicio, Yesid Arteta, Antonio Bilbao, Mary Luz Dussan, Elizabeth Pezano. Mas tarde salieron Celso Vega, Pablo Martínez… y también el mío.
Una inclusión que no nació de la convicción del momento, sino de la confusión y la injusticia. Para entonces, ya me había apartado del movimiento estudiantil, enfocado en el comité científico bajo la guía de Carlos Barrera G. Además, me dolía profundamente la forma en que la protesta había cruzado límites: la agresión al decano Fermín Zulbarán —escupido y humillado públicamente— marcó una línea que nunca pude aceptar. Pero en medio del caos, bastó una señal, unas gafas, y el señalamiento equivocado selló mi destino. En esta foto de lado derecho esta mi colega y amigo Eloy Estarita, el sabe mas de la historia de las fotos y gafas.
La historia, sin embargo, no terminó ahí.
El 20 de abril de 1982, en pleno tercer semestre de Medicina, la indignación tomó una forma más radical y silenciosa: una huelga de hambre. No era solo una protesta, era un acto de sacrificio. Diez estudiantes decidieron poner el cuerpo como argumento, encerrándose en el segundo piso de la facultad.
Allí estaban Mary Luz Dusan, Jesús Luque,
José de la Paz Vanega, Celso Vega, Antonio Bilbao, Marbel Moreno, Rubén Darío
Cardona, Alberto Alarcón, Elizabeth Pezano y Antony Laguna. Diez nombres, diez
voluntades enfrentando el desgaste físico en nombre de la justicia.
Los días pasaron lentos. El cansancio, la
debilidad y el silencio fueron ocupando el lugar de los gritos. La ciudad
observaba. La tensión crecía.
Quince días después, el 5 de mayo de 1982, la
huelga llegó a su final, pero no por negociación ni acuerdo. La orden vino
desde lo más alto: presidencia y gobernación del Atlántico autorizaron el
desalojo. La Policía Nacional irrumpió.
Siete estudiantes resistían aún, visiblemente
deteriorados, con señales de deshidratación y desnutrición. No hubo aplausos ni
reconocimiento. Fueron sacados y abandonados en los sardineles de distintos
centros de salud de Barranquilla, como si su lucha pudiera disolverse en el
olvido.
Pero no fue así.
Aquella huelga marcó un antes y un después.
No solo por sus consecuencias inmediatas, sino porque dejó una huella
imborrable en quienes la vivieron. Fue la prueba de que, en ciertos momentos,
la dignidad pesa más que el miedo… incluso cuando el precio es el propio cuerpo.
Colofón:
El tercer semestre fue el mas largo que realizamos en los 10 que se requerían mas el internado para graduarnos de medico. Para mi fue de gran satisfacción al ocupar el primer puesto y ser merecedor de la beca completa, la cual tuve que pelear con el doctor Henry Trillos, quien alucia que yo tenia matricula condicional y no era merecedor de esa distinción, al final el accedió y me matricule en el 4 semestre. Posteriormente me gane su respeto en Fisiología y Farmacología, un excelente profesional y docente.

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