POR EDGARDO AGUILAR HERNANDEZ. MEDICO SG-SST 2026
Para el año de 1985/1986 habían tres universidades con facultad de medicina en Barranquilla: La universidad Metropolitana fundada en noviembre de 1973, Universidad Libre quien abrió sus puertas en septiembre de 1974 y unos meses más tarde la Universidad del Norte en enero de 1975, desde estas fechas ellas suministraron la mayoría de médicos internos que rotaban en el hospital General de Barranquilla con algunas excepciones de la universidad de Cartagena y de México que fueron dos médicos que rotaron conmigo para esta fecha. La mayoría eran de la Libre.
En julio de 1985 cruzamos por primera vez la puerta del Hospital de
Barranquilla con la bata todavía limpia y el estetoscopio colgado como si fuera
una condecoración. Éramos más de veintidós, faltan varios que no están en la
foto del recuerdo. Terminábamos en julio de 1986, ya sin bata limpia, ya sin
ilusiones de principiante, pero con algo que ningún examen mide: el oficio
aprendido en los turnos de la madrugada, en la mejor escuela que un medico
puede tener: El hospital General de Barranquilla.
La foto de culminación del internado en 1986
Esa foto en los pasillos del segundo piso nos retrata como fuimos: el uniforme blanco arrugado de tanto turno, la sonrisa fácil de quien todavía no sabe lo que le espera, y el cansancio disimulado de las noches de urgencias. Ahí estamos la mayoría de esa fecha:
Fabiola Donado (Patología), Betty Daza (Anestesia), Maribel Pérez (Medicina
Familiar), Emma Rolong (Ocupacional), Judith Ramírez (Cirugía, México), Elina
Pombo (Dermatología), Liz Pájaro (Pediatría), Linda Ascanio (Medicina Familiar),
Alexandra Marthe (Medicina forense), Rosalbina Velásquez (Medicina Familiar),
Álvaro Gómez (urgencias), Alfredo Codina (urgencia), Eduardo Marriaga (Auditoria
Medica), Edgardo Aguilar (Ocupacional), Antonio Batista (cirugía), Carlos
Rebolledo (Medicina Critica), José Sánchez (Ginecología, México), Ignacio
Malabet (Cardiología), Saúl Celis (gerencia en salud), Ricardo Castilla (Ginecología),
Román Pineda (Urgencias) y Carlos De la Torre (urgencias), a quien recordamos
con cariño y que ya no está entre nosotros.
Otros colegas que culminaron el internado conmigo, pero no están la foto
fueron: Agustín Pérez (Medico salud Publica), Salvador Arana (Gerencia en salud),
Giovani de Vuono (Gastroenterología), Herbert Meyer (Medicina Interna, Uninorte),
Otalvaro Mulford (Urgencias), Jaime Valencia (Urgencias) Carlos Maldonado (metropolitano).
Me excusan los compañeros que me hacen falta, pero pelear con la memoria ya es una
pelea perdida a estos años.
Cada paréntesis de esa lista es un camino que tomó años construirse.
Ninguno de los veintidós sabía, en aquella foto de pasillo, cuál sería el suyo.
De la compensación al Salario
Del internado de entonces hay algo que conviene contarles a las
generaciones nuevas. Nosotros no teníamos sueldo. Teníamos una bonificación:
una suma modesta que apenas alcanzaba para el transporte, los almuerzos y el
cafecito de la madrugada. Hacíamos turnos de veinticuatro horas, suturábamos,
atendíamos partos, sosteníamos servicios enteros en la noche, y aquello se
entendía como parte de la formación, no como trabajo. Así se hizo durante
décadas. Nadie reclamaba demasiado, porque nadie conocía otra cosa, pero con
este grupo esto cambio. Tuvimos que hacer unos mítines para poder recibir esta compensación
que dice la compañera Maribel Pérez que nos pagaron el derecho de grado como
parte de esa compensación y también para poder recibir la merienda nocturna que
no la suministraban, desde ahí nos dieron una buena alimentación nocturna.
Cuarenta años después el país cambió esa historia. Desde enero de 2026, los internos de medicina en Colombia reciben una remuneración mensual equivalente a un salario mínimo vigente de $1.750.905, más seguridad social integral por $541.800, para un total de $2.292.705, girado directamente al interno por la ADRES. La medida se fundamenta en el artículo 22 de la Ley 2466 de 2025 (Reforma Laboral de Petro) y en la Resolución 010 de 2026 del Ministerio de Salud, que garantizan además la afiliación a salud, riesgos laborales y pensión.
No lo escribo con envidia. Lo escribo con satisfacción. Lo que a
nosotros nos tocó como vocación silenciosa, hoy se reconoce como lo que siempre
fue: trabajo asistencial. El estudiante que esta noche está de turno en un
hospital del país hace lo mismo que hacíamos nosotros en el 85, con la diferencia
de que ahora el país se lo paga y lo asegura.
De aquella foto de pasillo salieron especialistas, docentes,
salubristas, médicos de pueblo y médicos de ciudad. Salieron, sobre todo,
veintidós personas que se acompañaron durante un año difícil. Amistad, esfuerzo
y sueños que nos marcaron para siempre.
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